sábado, 23 de junio de 2018

La batalla de termópilas 1 parte

Resultado de imagen para la batalla de termopilasHacia la batalla Desde el momento en que se supo que Jerjes se disponía a invadir Grecia, los espartanos consultaron al Oráculo de Elfos sobre la suerte que correría la ciudad. Su respuesta fue ambigua como solía ser. ¿Cómo si no iba a acertar? El oráculo predijo: Mirad, habitantes de la extensa Esparta, o bien vuestra poderosa y eximia ciudad es arrasada por los descendientes de Perseo, o no lo es; pero en ese caso, la tierra de Lacedemón llorará la muerte de un rey de la estirpe de Heracles pues al invasor no lo detendrá la fuerza de los toros o de los leones ya que posee la fuerza de Zeus. Proclamo en fin, que no se detendrá hasta haber devorado a una u otro hasta los huesos. O la ciudad era arrasada o uno de sus reyes moriría en la batalla. Hay que decir aquí que, hasta el momento, ningún rey espartano había muerto en batalla. Sobre todo porque cuando un rey de Esparta entraba en batalla lo hacía al frente de su ejército. Y el ejército de Esparta no era fácil de vencer. Y en el 480 a.C., el año en que el ejército persa de Jerjes I entró en Grecia, uno de los diarcas de Esparta era Leónidas I. Cuando llegó el momento clave, en Esparta se estaban celebrando las Carneas. ¿Recuerdas que hablamos de ellas en el artículo sobre la batalla de Maratón? Sí, era esa festividad durante la cual los espartanos no podían luchar. Mal asunto. Sin embargo Leónidas tenía que ponerse al mando de la Liga helénica así que, para no contravenir los designios divinos que prohibían al ejército espartano entrar en batalla durante las Carneas, Leónidas marchó al frente acompañado sólo por su guardia personal: trescientos soldados escogidos de entre los que tenían descendencia. Los trescientos espartanos que pasarían a la historia. Pero claro, también estaban el resto de fuerzas helenas. Junto a los trescientos espartanos marchaban dos mil arcadios, mil locrios, mil focenses, novecientos ilotas, setecientos tespios, cuatrocientos tebanos, cuatrocientos corintios y otros contingentes menores. Aproximadamente entre seis y ocho mil hoplitas, según las cifras más probables. Pocos en comparación con las fuerzas de Jerjes, pero decir que aquellos trescientos hombres se enfrentaron solos a los persas es mucho decir, ¿no crees? Y así se dirigieron a las Termópilas, dispuestos a impedir el paso de los persas o a morir intentándolo.

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 En las Termópilas A lo largo del paso de las Termópilas había tres estrechamientos conocidos como “puertas”. En la puerta central, más estrecha, había un antiguo muro levantado por los focenses para defenderse de las invasiones procedentes del norte. Ése fue el lugar elegido por los griegos, que reconstruyeron el muro como ayuda a la defensa. Sin embargo, había un modo de evitar ese camino: un viejo camino de pastores, escondido entre los riscos, permitía el paso de la puerta central a través de una ruta alternativa, llegando hasta las posiciones a retaguardia del ejército heleno: la senda Anopea. Los griegos, claro está, conocían este camino, así que tomaron precauciones para evitar que los persas pudieran encontrarlo y atacarles por sorpresa desde su retaguardia: Leónidas envió a los mil focenses a custodiar la senda. Una decisión inteligente enviar allí a los focenses, sin duda, ya que eran de la región (de Fócida, en la Grecia central, no de Focea, que era una colonia griega de Asia Menor, hoy Turquía). Debido a ello no sólo conocían bien la zona, sino que además Leónidas se aseguraba de que defenderían el paso y no huirían, puesto que la integridad de su ciudad y de sus familias dependía de que los persas no consiguiesen salirse con la suya. A finales de agosto del año 480 a. C. Jerjes llegó a las Termópilas con su ejército. Al ver lo estrecho del paso envió exploradores en busca de rutas alternativas, pero ninguno de ellos encontró la senda Ano pea, oculta en la montaña.Lo que sí vieron, claro está, fue al ejército griego. Cuando Jerjes fue informado de la presencia de los hoplitas envió un emisario a negociar. A sobornarles, más bien, ofreciéndoles la libertad y ser asentados en tierras fértiles si entregaban sus armas y franqueaban el paso. Ven y cógelas fue la respuesta de Leónidas. Así que, con un innegable espíritu práctico, Jerjes acampó a la espera de que los griegos decidieran marcharse por sí mismos viendo la diferencia tan abismal entre ambas fuerzas.

Batalla de termopilas parte 2

Resultado de imagen para la batalla de termopilasComienza la batalla No se fueron. Cuatro días esperó Jerjes antes de que se le agotara la paciencia. El quinto día ordenó a sus ejércitos atacar. Aunque, para ser sincero, no lo hizo del modo más inteligente. Contra una falange de hoplitas armados con largas lanzas (llamadas duro) y enormes escudos (hoplon) de madera forrados con una placa de bronce, cerrada e impenetrable, envió Jerjes a su infantería ligera. Muy numerosa sí, pero con lanzas más cortas y escudos de mimbre. Imagina la escena dantesca que se vivió ese día… por parte de los persas. Las tropas entrando en el desfiladero, cuyo estrechamiento anulaba su superioridad numérica, y yendo a encontrarse con las largas lanzas que sobresalían del firme muro que formaba la falange hoplita, mientras las filas de atrás de la formación persa empujaban a las de delante hacia una muerte. Mientras, los hoplitas griegos se dedicaban a mantener la formación por turnos, cerrar bien el muro de escudos y dejar que los pobres medos se ensartaran, ellos solos y sin remedio, contra las dorus. La oleada persa fue hecha pedazos sin apenas bajas por parte de los helenos. Viendo como se desarrollaban los hechos, Jerjes cambió de táctica; quería a los griegos fuera del paso inmediatamente, así que envió a sus mejores hombres: los Inmortales. El nombre asusta, ¿verdad? Bueno, en realidad no eran inmortales. Los llamaban así porque siempre eran el mismo número de hombres: diez mil. Eran la unidad de élite del ejército de Jerjes, la guardia real, infantería pesada de procedencia exclusivamente persa (nada de tropas reclutadas en las regiones conquistadas). “Pesada” porque llevaban una cota de metal. Al menos iban algo más protegidos que la infantería ligera, aunque sus escudos eran igualmente de mimbre. Así que Jerjes, tras el estrepitoso fracaso de su primer ataque envió a los Inmortales. Sinceramente, les fue igual de mal que a sus compañeros. Al acabar el primer día de batalla la situación era la misma que antes de empezar… solo que con algunos cientos (seguramente incluso miles) de soldados persas menos.


Resultado de imagen para la batalla de termopilas El infame Efialtes El segundo día no fue distinto del primero. Jerjes repitió su táctica, y con ella su fracaso así que, malhumorado y perplejo, detuvo el ataque y se retiró a su campamento. Necesitaba replantear el combate. Sin embargo la suerte se puso ese día de su parte. Nos cuenta Heródoto que, ya en su campamento, recibió la visita de un griego llamado Efialtes, originario de Tesalia, que le habló de la senda Anopea, ofreciéndose a guiar a sus tropas a lo largo de esa ruta a cambio de una recompensa. Imagina la mirada de Jerjes según escuchaba la propuesta de Efialtes. Casi puedo ver su sonrisa ensanchándose, con una gran carcajada final de villano de cine cuando el traidor le cuenta que la ruta le conducirá directamente tras las filas griegas. Ni que decir tiene que el emperador aceptó la propuesta. Así que Jerjes envía a los Inmortales que no habían muerto el día anterior, junto con un refuerzo de tropas, a través de la senda Anopea. Veinte mil persas en total dirigiéndose a través de la montaña hacia la retaguardia griega. Y se encontraron con los focenses que guardaban el paso. Fue un encuentro cuanto menos curioso, ya que supuso una gran sorpresa para ambas partes. Los persas habían partido durante la noche, y al amanecer del que ya era el tercer día de batalla los focenses oyeron las pisadas a los persas avanzar (veinte mil soldados deben oírse con cierta facilidad) y se pusieron a las armas rápidamente. Por su parte los persas tampoco esperaban encontrar mil griegos allí arriba, así que se quedaron sorprendidos… y asustados de pensar que podían ser espartanos. ¡Ya habían experimentado cómo se las gastaban!El caso es que los focenses se dirigieron a una altura para hacerse fuertes frente a tamaño ejército, pero viendo el paso franco y sin necesidad de pararse a luchar, los persas simplemente siguieron camino. Pobres focenses, viéndose en lo alto de un risco observando cómo los persas pasaban por el camino que debían guardar sin que pudieran hacer nada para evitarlo.

Imagen relacionada La batalla final No está claro si Leónidas tuvo noticia del suceso por un mensajero forense o por un desertor persa, pero el caso es que lo supo. Y tenía claro lo que aquello significaba: la misión de detener a los persas en las Termópilas había fracasado. Ya sólo quedaba una cosa por hacer: evitar la masacre del ejército griego, de modo que quizás pudieran tomar nuevas posiciones y defender otro paso más al sur. Pero no podían retirarse todas las tropas al tiempo, o la caballería persa podría atravesar el paso y dar caza en campo abierto a los soldados en retirada, lo que significaría la debacle. Alguien debía quedarse a defender el paso de las Termópilas mientras el resto del ejército heleno se replegaba. Así que Leónidas tomó la única decisión honorable que podía tomar: sus trescientos espartanos y él se quedarían a defender las Termópilas. El resto debía retirarse. No todos lo hicieron, y éste es un punto que a menudo olvidan el cine y la literatura: los setecientos tespios y los cuatrocientos tebanos se quedaron junto a los guerreros de Esparta para defender el paso. Mil cuatrocientos valientes que sabían que iban a morir.El resto es de sobra conocido. Jerjes, tras dar tiempo a que sus tropas descendieran de la montaña, envió su ataque contra los defensores griegos. Y éstos, sabiéndose ya muertos e intentando acabar con tantos persas como pudieran, salieron a luchar a la zona más ancha del paso. Aunque no todos. Los tebanos soltaron sus armas, levantaron sus manos y se rindieron a los persas. Se libraron de la muerte pero no de la vergüenza. Leónidas fue muerto en el ataque y los griegos formaron un círculo en torno a su cuerpo para que los persas no pudieran cobrarlo. La lucha fue feroz, sin descanso. Primero con las lanzas y, cuando éstas se rompían, con las espadas. Y, según se acercaban los Inmortales, las filas griegas intentaron hacerse fuertes en lo alto de una colina.

Así era la educación espartana


La educación en la ciudad de Esparta estaba condicionada por su ideal de vida. En Esparta la educación estuvo a cargo del gobierno y su fin era formar excelentes soldados.
Cuando nacía un niño era sometido a un Consejo Revisor. Los débiles y deformes eran arrojados a los abismos de la montaña del Taiga (2409 metros). Los que merecían vivir eran devueltos a sus familiares, hasta los 7 años de edad. Después, los niños pasaban a la tutela del Estado, bajo los cuidados y la vigilancia de los pedagogos.
Se les sometía a ejercicios corporales graduales de salto, carrera, lanzamiento de disco y jabalina, a cabalgar y a soportar las fatigas y los golpes.
A la preparación gimnástica se le agregaba la preparación de orden espiritual, como leer, escribir y recitar los poemas homéricos y otros propios de Esparta.
Anualmente eran azotados delante del altar de la diosa Artemisa. No deberían proferir la menor queja si querían disputar el título de campeón.
A los 17 años, los jóvenes espartanos ingresaban al ejército, bajo juramento de fidelidad a la patria, a los dioses y a las leyes. A los 30 años se les permitía integrar la Asamblea de los ciudadanos y solo así podían contraer matrimonio, sin embargo, no estaban completamente libres. El servicio militar era obligatorio hasta los 60 años.
Las tropas estaban formadas por la infantería y cada hombre se llamaba Hoplita.

A los jóvenes se les inculcaban el civismo que consistía en asistir a las asambleas del pueblo y respetar a las autoridades. Asimismo, aprendían el uso preciso de las palabras (laconismo). El amor maternal fortalecía el patriotismo. La madre era capaz de sacrificar a su hijo, si se había mostrado cobarde en la guerra.esparta educacion madre hijo
Eran frecuentes las despedidas de las madres de esta manera: vuelve con tu escudo o sobre tu escudo (mata o muere); si tu espada es corta, darás un paso más en el combate, no te detengas.

“Vencer o morir”, el lema de Esparta

Los espartanos se entrenaban para combatir ferozmente y sin miedo, hasta que el último soldado quedara en pie, pues rendirse no era una alternativa en el campo de batalla. Aquellos que por cualquier razón entregaban sus armas, terminaban cometiendo suicidio, empujados por la extrema vergüenza. En las necrópolis espartanas las tumbas sólo llevaban la inscripción del nombre del difunto en dos casos: el de las mujeres muertas al dar a luz y el de los soldados caídos en batalla.
La educación espartana estaba orientada hasta tal punto al arte de la guerra que dos de las máximas más conocidas eran “vencer o morir” y “Los espartanos no preguntan cuántos son los enemigos, sino dónde están”. Además, era proverbial el consejo que las madres espartanas solían decir a sus hijos cuando éstos partían hacia una batalla: “Vuelve con el escudo o sobre él”, en referencia a que mantuviesen el honor y no se rindiesen nunca aunque con ello perdieran la vida.
Antes de la famosa batalla de las Termópilas, cuando 300 guerreros espartanos escribieron para siempre su nombre en la historia, se cuenta que los invasores persas antes de entrar en batalla enviaron un emisario al rey Leónidas para pedirle que depusiera sus armas. El general espartano, con el laconismo proverbial de su patria, sólo respondió “ΜΟΛΩΝ ΛΑΒΕ” (“Ven y tómalas”). Y el mismo Leónidas, cuando unos espías griegos le contaron que los persas eran tan numerosos que cuando lanzaban sus flechas al aire ocultaban la luz del sol, comentó: “Mejor, así pelearemos a la sombra”.
Resultado de imagen para imperio espartano blogEntrenados desde la infancia para soportar el dolor, agitados por un impulso patriótico ferviente y ávidos estudiosos de la estrategia, los espartanos mantuvieron la preponderancia en Grecia durante el siglo V a. de C gracias al desarrollo de su técnica militar, que consistía básicamente en el empuje frontal de sus hoplitas, una masa de guerreros dotados de armaduras pesadas. Pero estos mismos éxitos terminarían ahogando a una sociedad en un militarismo ciego que anuló todas sus otras capacidades, hasta el punto de que la actividad cultural en la polis casi cesó por completo. La derrota de los espartanos ante la ciudad de Tebas en la batalla de Leuctra, librada en el 371 a. C. marcó el final de su hegemonía en Grecia, aunque mantuvo su independencia política hasta la conquista romana de Grecia en el año 146 a. C . Durante la dominación romana, ya sin ambiciones militares ni políticas, Esparta se concentró en la más llamativa de sus tradiciones: la educación espartana, la que se endureció, atrayendo a los “turistas”, ávidos de ritos violentos y extraños.
Esparta, en plena decadencia del imperio romano, viviría el comienzo del fin. Fue saqueada por los hérulos en el año 267, y definitivamente arrasada por Alarico I, rey de los visigodos, en el año 395. Su particular idiosincrasia belicosa no sólo fascinó a sus coetáneos, sino que con el correr de los siglos, su exacerbado militarismo sería reivindicado por varios dictadores del siglo XX, como Mussolini, Stalin y, especialmente, Adolf Hitler.

viernes, 22 de junio de 2018

Esparta: ¿Por qué fue el pueblo guerrero más famoso de la historia?



Esparta 300 2Después del triunfo de los griegos sobre los persas, entre el 431 y el 404, Esparta se convertiría en la rival directa de Atenas, su antigua aliada, en la Guerra del Peloponeso, de la que salió victoriosa pagando un alto costo. Esparta se había lanzado supuestamente a esta conflagración interna enarbolando las banderas de la libertad y de la autonomía de las ciudades, amenazadas por el imperialismo ateniense, pero, tras haber vencido, se comportaría igual o peor que su antigua aliada: impuso tributos abusivos, gobernantes títeres e incluso apostó guarniciones en las ciudades que amenazaban con rebelarse. A partir del año 413 a. C el historiador griego Tucídides describiría a Esparta como la potencia que “ejerce sola desde ahora la hegemonía sobre toda Grecia”.

Esparta fue una de las más famosas polis de la Antigua Grecia (junto a Atenas y Tebas), ubicada en la península del Peloponeso, a orillas del río Eurotas. Surgió como una entidad política de importancia luego que los dorios, un pueblo indoeuropeo que compartía idioma y costumbres con los antiguos jonios y los aqueos, invadiera la región de Laconia y subyugara a la población local.


Hacia el año 650 a. C. Esparta ya era una potencia militar en el conjunto de la Antigua Grecia y, gracias a su enorme poderío militar, fue una de las ciudades que lideraron a los aliados griegos durante las famosas Guerras Médicas contra los persas en la primera mitad del siglo V A. C, donde tendría lugar la famosa batalla de las Termópilas, cuando 300 soldados espartanos, comandados por su rey Leónidas, defendieron durante varios días valerosamente el desfiladero del mismo nombre ante un ejército de casi 200 mil hombres, retrasando en forma notable el avance de los persas, y permitiendo a la flota ateniense replegarse hacia Salamina, lugar donde ésta obtendría una decisiva victoria marítima. A este triunfo le seguiría la decisiva victoria de Platea, donde tropas espartanas y atenienses lograron expulsar definitivamente al invasor.