Los espartanos se entrenaban para combatir ferozmente y sin miedo, hasta que el último soldado quedara en pie, pues rendirse no era una alternativa en el campo de batalla. Aquellos que por cualquier razón entregaban sus armas, terminaban cometiendo suicidio, empujados por la extrema vergüenza. En las necrópolis espartanas las tumbas sólo llevaban la inscripción del nombre del difunto en dos casos: el de las mujeres muertas al dar a luz y el de los soldados caídos en batalla.
La educación espartana estaba orientada hasta tal punto al arte de la guerra que dos de las máximas más conocidas eran “vencer o morir” y “Los espartanos no preguntan cuántos son los enemigos, sino dónde están”. Además, era proverbial el consejo que las madres espartanas solían decir a sus hijos cuando éstos partían hacia una batalla: “Vuelve con el escudo o sobre él”, en referencia a que mantuviesen el honor y no se rindiesen nunca aunque con ello perdieran la vida.
Antes de la famosa batalla de las Termópilas, cuando 300 guerreros espartanos escribieron para siempre su nombre en la historia, se cuenta que los invasores persas antes de entrar en batalla enviaron un emisario al rey Leónidas para pedirle que depusiera sus armas. El general espartano, con el laconismo proverbial de su patria, sólo respondió “ΜΟΛΩΝ ΛΑΒΕ” (“Ven y tómalas”). Y el mismo Leónidas, cuando unos espías griegos le contaron que los persas eran tan numerosos que cuando lanzaban sus flechas al aire ocultaban la luz del sol, comentó: “Mejor, así pelearemos a la sombra”.
Esparta, en plena decadencia del imperio romano, viviría el comienzo del fin. Fue saqueada por los hérulos en el año 267, y definitivamente arrasada por Alarico I, rey de los visigodos, en el año 395. Su particular idiosincrasia belicosa no sólo fascinó a sus coetáneos, sino que con el correr de los siglos, su exacerbado militarismo sería reivindicado por varios dictadores del siglo XX, como Mussolini, Stalin y, especialmente, Adolf Hitler.
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